
Esta arquitectura de la escasez opera bajo una premisa única: producir
carencia en lo público para habilitar la apropiación privada de recursos
colectivos.
Mientras en Buenos Aires se denuncia un «ocultismo» en
el trámite legislativo para silenciar una movilización ciudadana que ya
supera los 100.000 inscriptos para las audiencias, el Senado dio media
sanción el 27 de febrero a una reforma que restringe la protección a las
zonas con “función hídrica específica” y amplía el margen de decisión
de provincias mineras como Salta, Catamarca, San Juan y Mendoza.
El
intento de frenar esa participación llegó hasta los tribunales: la
Justicia rechazó la medida cautelar que buscaba suspender las
audiencias, al considerar que los inscriptos cuentan con vías
alternativas de participación. El proceso continúa su curso.
Pendiente
aún en Diputados, la hoja de ruta se terminó de trazar en el piso 15 de
la torre del JPMorgan Chase en Nueva York. Allí, ejecutivos de Rio
Tinto, McEwen Mining y First Quantum Minerals plantearon sin rodeos que
la protección de áreas periglaciares constituye un obstáculo para sus
proyectos.
El panel fue moderado por Daniel González Casartelli, ex
CEO de YPF y miembro del directorio de Adecoagro, empresa constituida en
Luxemburgo: el mismo funcionario llamado a regular la actividad minera
participó así en un foro financiero junto a corporaciones que presionan
para flexibilizar la legislación ambiental.
Los glaciares son
infraestructura hídrica: regulan cuencas, alimentan ríos y sostienen
ecosistemas. Su destrucción no es efecto colateral del progreso sino el
resultado directo de un modelo que antepone la renta corporativa a la
vida. Poblaciones indígenas y campesinas de la Puna, la Cordillera y la
Patagonia sufren primero la escasez de agua provocada por la minería
periglaciar. El cianuro y los químicos de lixiviación dejan impactos
irreversibles. Esa es la química del despojo.
Del hielo a los servidores: la soberanía que nadie nombra
Glaciares,
litio, datos y salud están unidos por una lógica de despojo que
atraviesa recursos, información y cuerpos, y que concentra poder y valor
en pocas manos.
El litio, denominado el oro blanco del siglo
XXI, concentra esta tensión con especial claridad. En el triángulo que
comparten Argentina, Bolivia y Chile se encuentra más del 60% de las
reservas mundiales de este mineral, indispensable para la transición
energética global. La extracción masiva en salares altiplánicos
—ecosistemas frágiles, vinculados a acuíferos profundos— genera una
presión hídrica sin precedentes sobre comunidades que ya enfrentan
escasez. La transición verde del Norte Global se financia con la
desposesión hídrica y territorial del Sur.
Bolivia nacionalizó el
litio vía Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB), reorientando renta
hacia el Estado e industrialización soberana. Un proyecto que, aunque
enfrenta serias dificultades técnicas y financieras, interpela a la
región: ¿se puede recuperar la renta de bienes comunes sin reproducir la
lógica extractiva que los destruye?
Ley de Glaciares: anatomía de un saqueo
Audiencia pública ley de glaciares.
Foto: Prensa Diputados
Existe
una dimensión del despojo que suele ser invisible: el control de las
infraestructuras digitales. Los datos ambientales que monitorean el
retroceso de un glaciar, los mapas de reservas de litio o las historias
clínicas de millones de personas no viajan por un éter neutral. Se
almacenan y procesan en servidores de Amazon, Google o Microsoft, fuera
del alcance regulatorio de cualquier Estado latinoamericano. Es la nueva
frontera extractiva: así como se extrae litio sin dejar el agua, se
extraen datos estratégicos sin moverlos del territorio, pero su
gobernanza y su valor quedan en manos extranjeras. Quien controla esa
información decide, en última instancia, qué se sabe, qué se explota y
qué cuerpos se atienden.
La intemperie sanitaria: donde el despojo llega al cuerpo
La
misma lógica que avanza sobre los glaciares y los datos opera sobre los
sistemas de salud. La crisis sanitaria en América Latina es la
expresión de una transformación estructural que convierte derechos
sociales en mercancías. Una racionalidad neoliberal reorganiza el campo
sanitario bajo criterios de rentabilidad y traslada progresivamente el
costo de la atención hacia la población. Lo que emerge es una forma
sistemática de desposesión: la extracción de valor social desde los
sistemas de cuidado hacia circuitos privados de acumulación.
Esta
dinámica opera mediante una plusvalía sanitaria: El valor social que
produce el sistema público de salud no retorna a él: se transfiere hacia
circuitos privados de acumulación. Lo hacen los laboratorios con
patentes que sostienen precios inaccesibles, las aseguradoras que lucran
con la intermediación, y las empresas que tercerizan servicios
esenciales pagando menos y cobrando más al Estado.
Ley de Glaciares: anatomía de un saqueo
El Senado ya aprobó la modificación de la Ley.
Foto: Comunicación Senado
El
caso argentino es el más nítido de la región. Con el DNU 70/23, lo que
en otros países tomó años se comprimió en un solo instrumento legal:
programas desfinanciados, medicamentos esenciales que dejaron de llegar y
un sistema reconfigurado para favorecer a los operadores privados. No
fue una respuesta de emergencia: fue una transferencia planificada de
valor público al sector privado.
El resultado es una pedagogía
del desgaste que naturaliza la escasez. La degradación instala en la
vida cotidiana una narrativa conocida: no hay turnos, no hay insumos, no
hay presupuesto. Bajo ese discurso se construye la idea de que el
Estado es incapaz de sostener el derecho a la salud. Esta narrativa
empuja a sectores de la población hacia soluciones privadas que, en la
práctica, resultan inaccesibles para las mayorías. La expulsión del
sistema público no integra a esos sectores al mercado: los deja
expuestos a una verdadera intemperie sanitaria.
La disputa es una sola
El
desafío es revertir lo que el neoliberalismo fragmentó: restituir la
salud como bien público, los glaciares como reservas estratégicas de la
humanidad, el agua como derecho inalienable y el territorio como espacio
de vida. La disputa es una sola porque el despojo es uno solo: opera en
los cuerpos sin medicamentos, en los ríos que pierden caudal, en los
suelos contaminados y en los datos estratégicos que se procesan fuera de
toda soberanía. Recuperar esa plusvalía —sanitaria, hídrica,
territorial, tecnológica— y ponerla al servicio de un proyecto colectivo
de vida es la tarea política central de nuestra época. No hay
transición posible sin justicia. El tiempo presente exige voluntad
política capaz de redistribuir poder, recursos y condiciones dignas de
existencia.

