
Basada en el principio de no agresión, el derecho a la propiedad
privada” y el “libre mercado” siempre impreciso y a conveniencias, la
trilogía puede parecer fenomenal, pero algo le falla porque la idea de
que “los individuos sean artífices de su propia felicidad sin coacción
es un camino pavimentado y directo hacia lo que en el vulgo criollo se
entiende como viva la pepa o yo hago lo que se me canta. De donde la
teoría, que hasta ahí vaya y pase, se topa con el problema de que por
medio de cualquier extraño autopermiso o abuso interpretativo, todo
sujeto atrevido puede –porque es fácil, simple y barato– declararse
libertario.
Esa ligereza es lo que facilita que, además de chantas,
muchos dizque “libertarios” sean brutos, elementales y hasta peligrosos,
sobre todo para las democracias y la política, entendida ésta como
ejercicio generador de diálogos constructivos de paz y tolerancia, que
son sin dudas los mejores modos de desarrollar ciudadanía.
Y es que
cuando frente al Diálogo, la Paz y la Democracia se pretende erigir urbi
et orbi que ser libertario es defender la libertad individual como
valor supremo y absoluto, abogando por la reducción o eliminación del
Estado en la vida económica y social, inexorablemente se cuestionan y
agreden todos los históricos principios democráticos, como la no
agresión, el diálogo, la paz y los derechos a la propiedad privada y al
libre mercado, que debidamente organizados constitucionalmente
garantizan la Paz interior de todo pueblo.
Todo eso está hoy
tergiversado y contrariado en los textos y discursos del oficialismo
actual en la República Argentina, donde el Presidente Javier Milei se
autodefine como libertario, y acaso en su corazón –si es que lo tiene–
como anarcocapitalista.
Para él y quienes comparten su posición, “el
libertarismo es una filosofía política y legal que defiende la libertad
individual absoluta, la propiedad privada y el libre mercado,
proponiendo la reducción o eliminación del Estado”. Lo que lo lleva a
una contradicción irreparable, porque aunque se base en el principio de
no agresión, de hecho limita toda acción estatal de protección de
derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad y no vacila
en apelar a la violencia –oral o policial– para repeler ideas opuestas.
De
donde su concepción del anarcocapitalismo lo conduce –confeso o no– a
la eliminación total del Estado. Lo que genera y dispara descontroladas
interacciones económicas sin intervención estatal y alienta la drástica
reducción del gasto público y la desregulación económica. Y es así como
combina el liberalismo económico más extremo con las posturas sociales
más conservadoras.
De ahí que, como anarcocapitalista o liberal
libertario, Milei alienta y propone la reducción extrema del Estado, al
que considera “enemigo”, buscando eliminar el Banco Central, privatizar
empresas públicas y recortar el gasto para fomentar un dudoso libre
mercado.
Es así como, fácticamente, Milei combina el liberalismo
económico clásico con posturas libertarias extremas, según convenga a
sus discursos y buscando la reducción drástica del Estado, la defensa de
la propiedad privada, la eliminación del Banco Central, el control del
libre mercado y posicionándose a la vez como “populista de derecha” y
“antisistema”.
Es debido a esas confusiones y torpezas esenciales
típicas, que los libertarios son tan radicales y violentos en su
fanatismo anti-Estado .
Por cierto, y en breve síntesis, nuestra
Patria está hoy sometida a posiciones Libertario/Anarcocapitalistas en
versión exacerbada, lo que según el Diccionario de la Lengua Española
significa “intensificar, agravar o avivar la intensidad de una
enfermedad, dolor o sentimiento negativo. Es aumentar todo malestar que
ya era negativo, pasando a un estado de mayor furia, irritación o
severidad”.
La esperanza, en contrario, es el estado de ánimo que
surge cuando se siente alcanzable lo que se desea. Por eso empieza a ser
claro que estos tipos no van a durar. Y reconstruir lo dañado será
tarea necesaria para cuando se vayan y el Pueblo Argentino sano,
trabajador y patriótico no reconozca ninguna de sus dañinas decisiones.
Claro
está que para reorganizar y reparar la Patria lastimada hará falta una
ardua tarea. Empezando por reordenar el peronismo, el radicalismo, el
socialismo y otras opciones democráticas, así como cambiar casi todo el
sistema judicial estableciendo rigurosísimos principios de honestidad y
salvaguardas. Porque ésa es hoy, ya mismo, la urgencia mayor: que la
voluntad popular esté por encima de cualquier cesión de territorio y de
soberanía, a la vez que se afiance la enorme tarea de reordenar la
educación y la salud públicas.
Y para todo ello será preciso
esperanzar en base a urgentes principios: todo tiene remedio, nada es
para siempre, y la primera soberanía es la de la voluntad popular. Por
eso no somos pocos quienes todavía pensamos que hubo fraudes en las
elecciones que entronizaron a Milei.
Otras tareas pendientes, y
urgentes, serán depurar profunda y urgentemente todas las conducciones
políticas, así como rehacer las relaciones internacionales para así –con
prisa y sin pausas– recuperar la Patria Argentina para el trabajo, el
bienestar, la educación y la salvaguarda de todos nuestros bienes
naturales. Esos que hoy están rifando los dizque “libertarios” de manera
escandalosa, antinacional y antipopular.
Y es claro que hay
esperanzas. Ningún país; ningún pueblo del mundo dejó de sobrevivir a
este tipo de fantochadas gubernamentales. Todas las naciones en crisis
se rehicieron, en todas las democracias. Ésa es entre nosotros la
tarea.@

