
La narrativa de la “modernización” intenta camuflar la entrega de
soberanía digital a una de las empresas más opacas y peligrosas del
sector de defensa e inteligencia global. Para entender el riesgo que
representa Palantir, primero debemos entender a Peter Thiel. A
diferencia de otros CEOs de Silicon Valley que mantienen una fachada de
progresismo liberal, Thiel es explícito en sus convicciones. En su
ensayo The Educationof a Libertarian, afirmó sin ambigüedades: Ya no
creo que la libertad y la democracia sean compatibles. Esta premisa no
es una abstracción filosófica ni un posicionamiento político tan audaz
como vacío, sino la base operativa de sus negocios. Para Thiel, la
tecnología no debe servir a la política, sino superarla. Su visión
propone un mundo donde los Estados se gestionen como corporaciones y
donde los derechos ciudadanos sean reemplazados por una eficiencia
algorítmica dictada por élites tecnológicas. Un Estado sin contrapesos
democráticos es, además, el cliente ideal para quien vende
infraestructura de vigilancia. Que un gobierno libertario reciba con
alfombra roja a quien considera que la democracia es un experimento
fallido, es, al menos, algo que debería preocuparle a cualquier persona
que defiende valores democráticos en Argentina, más allá de su
orientación política. La relevancia de Thiel no empieza ni termina en la
industria tecnológica, sino que se extiende a la médula del poder
político. El actual vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, es
una creación política del propio Thiel. Fue él quien lo mentoreó, quien
financió su carrera en el sector del capital de riesgo, y quien inyectó
los millones de dólares necesarios para su ascenso al Senado. Esta es
una demostración clara de que el proyecto de Thiel no es solo
empresarial. Su visita a Buenos Aires responde a esa misma lógica de
construcción de poder. Al alinearse con el gobierno de Milei, Palantir
busca un laboratorio regional donde aplicar sus lógicas de control
social bajo el amparo de una afinidad ideológica que desprecia lo
público. Las reuniones entre representantes de Palantir y funcionarios
de inteligencia sugieren que el desembarco no es para vender planillas
de cálculo, sino para penetrar en el sistema de seguridad nacional. Su
empresa insignia, Palantir Technologies, toma su nombre de las piedras
videntes de El Señor de los Anillos. Es una metáfora transparente: su
negocio es la visión totalizadora, a través del análisis masivo del Big
Data. No se trata de una empresa de software convencional, sino que de
la principal proveedora de infraestructura de vigilancia e inteligencia
para las fuerzas armadas y agencias de espionaje más poderosas del
planeta. Sus contratos multimillonarios con el ejército estadounidense,
la CIA, el FBI y el ICE (la agencia de inmigración responsable de
deportaciones masivas), entre otras, demuestran que su especialidad es
la clasificación de personas. Además, sus estrechos vínculos operativos
con el ejército israelí subrayan que su tecnología está diseñada para
escenarios de conflicto y ocupación, donde la privacidad de la población
ocupada no es una preocupación y donde la presunción de inocencia está
descartada de plano.
Juan Carlos Lara es codirector ejecutivo de Derechos Digitales.

